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Las Malvinas, a ambos lados del Atlántico —


07/02/2017 Imagen de la Falkland Islands Company (FIC), uno de los símbolos principales de la presencia británica en el archipiélago. El dominio británico sobre las Islas Malvinas es uno de los últimos vestigios del colonialismo. La lucha por su soberanía, reclamada por Argentina, ha supuesto verdaderos quebraderos en las relaciones entre ambos países, con la […]

via Las Malvinas, a ambos lados del Atlántico —

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China se proyecta como baluarte del orden mundial en “tiempos inciertos”


Pekín avanza sus pasos para ocupar el vacío que dejará el nuevo proteccionismo estadounidense

MACARENA VIDAL LIY

Pekín 28 ENE 2017 – 13:56   ART

las-pesadillas-estrategicas-de-chinaEn una de las últimas actividades del Gobierno chino antes de la pausa por el Año Nuevo lunar, el primer ministro, Li Keqiang, habló por teléfono con la canciller alemana, Angela Merkel. El mensaje: que ambos países deben garantizar la estabilidad del sistema económico internacional ante los actuales “momentos de incertidumbre” en el mundo. Unos tiempos que se han precipitado con la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y que han abierto una oportunidad a Pekín para dibujarse como baluarte del orden mundial.

Ya había sentado las bases el presidente chino, Xi Jinping, en su discurso en Davos apenas tres días antes de la investidura de Trump en Washington, cuando lanzó una encendida defensa de la globalización económica, el libre comercio y la lucha contra el cambio climático.

Y el propio Li defendía, en un artículo para Bloomberg Businessweek, que China “ofrece un ancla de estabilidad y crecimiento con su mensaje consistente de apoyo a las reformas, apertura y libre comercio”. “Seguimos convencidos de que la apertura económica beneficia a todos, en casa y en el exterior”.

Durante su mandato, Xi Jjinping se ha convertido en uno de los líderes chinos más viajeros de su historia reciente. En momentos en los que la ONU aparece desgastada, ha ofrecido apoyo, financiación y tropas. Ha sido anfitrión de la cumbre anual del G-20, ha propuesto nuevos acuerdos comerciales, ha creado un nuevo banco de desarrollo —el BAII— y quiere desarrollar una red de infraestructuras que conecte China con Occidente, la “Nueva Ruta de la Seda”.

Pero hasta ahora nunca China se había propuesto de manera tan explícita como líder global alternativo. Pekín asegura que no es un papel que haya buscado: si en 2008 la crisis financiera le convirtió en protagonista de la economía mundial, ahora la declaración de “América Primero” de Trump ha forzado los acontecimientos. “No es que China haya querido adelantarse corriendo, sino que los que estaban delante han dado un paso atrás y le han dejado el puesto a China”, declaraba esta semana el director de Economía Internacional del Ministerio de Exteriores, Zhang Jun. En cualquier caso, ha precisado Zhang, “si se requiere que China adopte ese papel de liderazgo, China asumirá sus responsabilidades”.

Los proyectos de pactos comerciales propuestos por China —conocidas por las iniciales RCEP y FTAAP— languidecían frente al TPP hasta que Trump ha firmado una orden ejecutiva que retira a EE UU de ese tratado que la Administración Obama impulsó como clave para apuntalar la influencia de su país en Asia-Pacífico. Ahora el interés en ellos se ha visto renovado; y países como Australia sugieren que China sería bienvenida en el TPP.

“Es preferible, muy preferible, que los países intercambien bienes y servicios y se vinculen mediante alianzas de inversión que intercambiar comentarios sardónicos y construir barreras”, sostiene Li en su artículo. Pekín tiene previsto organizar en mayo una cumbre por todo lo alto con los países interesados en la “Nueva Ruta de la Seda”, en una iniciativa para promover su sector de infraestructuras y para exhibir músculo diplomático.

Además de sus garantías comerciales, el Gobierno de Xi Jinping asegura que también mantendrá sus compromisos y su liderazgo en la lucha contra el cambio climático, frente al negacionismo de la nueva Administración de EE UU. “Mi presidente ha dejado claro, claro como el cristal, que China cumplirá su parte”, ha dicho el director de Organizaciones y Conferencias Internacionales del Ministerio de Exteriores, Li Junhua, citado por Reuters.Este nuevo protagonismo global representa un refuerzo muy bienvenido para Xi, que, en el terreno interno, encara el próximo otoño una delicada renovación de las estructuras de mando del régimen en el 19º Congreso del Partido Comunista de China.Pero las proclamaciones de apoyo al orden internacional no dejan de ser contradictorias. Las reformas económicas que Xi ha prometido aún no se han materializado, en su mayoría. Las cámaras de comercio extranjeras señalan que, pese a las palabras de apoyo al libre comercio, China aún protege amplios sectores de su economía interna. Las alabanzas a la conectividad que el presidente chino pronunció en Davos encuentran una China donde existe la censura e Internet se encuentra férreamente controlado. Reporteros Sin Fronteras sitúa al país en el puesto 176, de un total de 180, en cuanto a libertad de prensa. Mientras el presidente hablaba en Suiza, se divulgaba el testimonio del abogado de derechos humanos Xie Yang sobre las torturas padecidas en su detención.Y sus llamamientos a la cooperación pueden verse puestos a prueba si Trump y su equipo cumplen sus promesas hacia Pekín: imponer aranceles del 45%, bloquear el acceso a las islas artificiales en el mar del Sur de China que este país considera parte de su territorio y abandonar la política de “Una Sola China” en favor de Taiwán si el Gobierno de Xi no hace concesiones por su parte. Hasta el momento, Pekín se ha limitado a reclamar a Washington que tenga cuidado. “Unas relaciones sanas, estables y desarrolladas entre China y EE. UU. benefician a ambos pueblos y a todo el mundo”, ha declarado la portavoz de Exteriores Hua Chunying.

¿Por qué Francia ha sido blanco de tantos ataques de Estado Islámico?


atentado en niza jul 2016 2

Niza ha sido el último escenario del horror en Francia.

A pesar de que la nación europea no participó en las invasiones de Afganistán e Irak, lideradas por EE.UU., y de que sus incursiones aéreas contra el grupo autodenominado Estado Islámico son reducidas, las ciudades de la nación más turística del mundo han sido blanco de graves ataques en los últimos meses.

En apenas año y medio se han producido las matanzas de la revista Charlie Hebdo y un supermercado judío en Paris, la decapitación de un empresario en Lyon, el ataque en un tren que resultó frustrado por tres pasajeros, la masacre coordinada de yihadistas suicidas en la capital en la que murieron 130 personas y ahora, Niza.En la ciudad mediterránea murieron el jueves al menos 84 personas arrolladas por un camión conducido por un hombre francés de ascendencia tunecina.

El sábado, Estado Islámico se adjudicó el ataque, asegurando que Mohamed Lahouaiej, el tunecino que manejaba el camión, era uno de sus “soldados” y que había actuado en respuesta al llamado del grupo para atacar a países que participan en la coalición internacional contra los yihadistas en Siria e Irak.

Desde los atentados contra las torres gemelas de Nueva York (EE.UU.) en 2001,ningún otro país occidental ha sido objetivo del extremismo islámico como Francia. Y no parece ser una coincidencia.

“Aplasta su cabeza con una roca, degüéllalo con un cuchillo, atropéllalo con tu automóvil o empújalo desde un lugar elevado”, dijo en setiembre de 2014 Abu Mohamed al Adnani, portavoz del autodenominado Estado Islámico para alentar el asesinato de “infieles occidentales”.

Luego agregó: “Especialmente a los rencorosos y sucios franceses”.

Algunos de los atacantes suicidas que golpearon Paris en noviembre de 2015 dijeron que lo hacían en represalia por la participación francesa en la coalición que bombardea a Estado islámico en Siria e Irak.

Esta explicación, sin embargo, es insuficiente.

Yihad contra la Ilustración

En términos simbólicos, para el extremismo islámico, Francia es incluso un enemigo más peligroso que Estados Unidos.

Los valores de la Ilustración francesa que se esparcieron por el mundo occidental desde el siglo XVIII han inspirado los sistemas laicos en los que religión y estadono sólo están separados sino incluso enfrentados.

 

“La Francia moderna tiene una fuerte tradición, especialmente en París, de oponerse a la religión organizada y hasta satirizar sus pretensiones”, señaló John Bowen, profesor de Antropología de la Universidad de Washington, entrevistado por la revista Time.

Esta tradición fue atacada con la incursión a las oficinas de la revista Charlie Hebdo en 2015, que había publicado caricaturas del profeta Mahoma.

Por su parte, el exministro socialista francés Jack Lang, quien actualmente dirige el Instituto del Mundo Árabe en Paris, señaló a el diario El País que los recientes atentados son “un ataque a nuestros valores,no sólo los de Francia, sino los de todos los países que comparten la fe en la democracia, la tolerancia y el valor del ser humano“.

El extremismo en casa

En 2015 el Ministro del Interior Francés advirtió que más de 1.200 ciudadanos de ese país pretendían unirse a grupos islámicos radicales. Un número mayor que en cualquier otra nación europea.

 

Cientos lo consiguieron y tras los bombardeos de la coalición en Siria e Irak, se calcula que muchos de ellos regresaron a su país.

Aunque en Francia está prohibido preguntarle a alguien la religión que profesa, el Instituto Brookings de Investigación calcula en 5 millones su población islámica.Esta cifra representa la tercera parte de todos los musulmanes de la Unión Europea.

El instituto concluye que existe una marcada brecha económica y social que perjudica de manera notoria a esta minoría y califica de “desempleo desproporcionado” el que sufren los migrantes de países islámicos.

Estos complejos problemas de integración se agravan con la política externa francesa.

Según el antropólogo John Bowen, Francia “aún interviene económica y militarmente para proteger sus intereses en sus antiguas colonias en África y Medio Oriente”, que son justamente los países de origen de mucha de su población migrante.

Bowen señala que Estado Islámico aprovecha este escenario para reclutar militantes “en defensa de sus hermanos y hermanas” en Siria e Irak.

El periodista de la BBC, Frank Gardner observa incluso que entre los máximos líderes de Estado Islámico hay dos franceses “cuyo principal objetivo es golpear asu país de origen“.

En noviembre de 2014, esta organización publicó un video en el que llamó a los franceses musulmanes que no podían viajar a Medio Oriente a ejecutar atentados en su propio país.

Provocando a la extrema derecha

Suena contradictorio, pero uno de los objetivos de Estado Islámico sería ayudar a la extrema derecha en Francia a llegar al poder.

Entrevistado por el diario francés Le Monde, el politólogo Gilles Kepel, advierte que el extremismo islámico pretende provocar “el linchamiento de musulmanes, los ataques a mezquitas y las agresiones a mujeres con velo, para provocar así unaguerra entre enclaves que siembren el fuego y la sangre en Europa”.

 

El discurso de diversos movimientos de extrema derecha, como el Frente Nacional, insiste en la supuesta incompatibilidad entre los valores nacionales y los del Islam, y durante los últimos años, en coincidencia con los ataques en Francia,su popularidad ha ido en aumento.

Incluso un grupo joven llamado Génération Identitaire ha ganado protagonismo. Se describen a sí mismos como “una reacción a la generación liberal de sus padres que vendieron el país y su futuro a los migrantes”.

La extrema derecha en el poder, advierten diversos especialistas, radicalizaría a la sociedad y podría empujar a miles de jóvenes musulmanes a engrosar las filas de Estado Islámico. Esta posibilidad no es descabellada.

Como señala John Simpson, editor de asuntos internacionales de la BBC, lasensación de inseguridad se ha profundizado en Francia, y también la desaprobación de sus autoridades.

“Los franceses se preguntan si su país es tan bueno enfrentando este problema como lo son Estados Unidos o Reino Unido”, observa Simpson.

La mayor duda en Francia no parece ser si habrá otro atentado sino cuándo se producirá el próximo.

 

Fuente: RedacciónBBC Mundo

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A region increasingly divided between “the world of order” and “the world of disorder.”


By Thomas L. Friedman

2013-02-23T160318Z_01_SYR17_RTRIDSP_3_SYRIA-CRISIS-ALEPPO-6671TEL AVIV — One of the most popular shows on Israeli TV is called “Eretz Nehederet” or “A Wonderful Country.” It’s a comedy show that lives to make fun of Israeli politicians and the absurdities of life here. It recently opened its 2014 season with a cartoon graphic of a beautiful, multicolored, flower-filled garden with a butterfly fluttering across the screen. Then, suddenly, a concrete wall rises up all around the garden, which was an image the producers used last year. But this season not only does the wall emerge but a glass dome rises out of the wall and seals off this Garden of Eden from above as well.
This scene is noteworthy for a couple of reasons: I’ve long believed that the Israeli-Arab conflict is to the wider global war of civilizations what Off Broadway is to Broadway. It is the small laboratory where trends get tested out first, or are perfected, and then go global — from airline hijacking to suicide bombing to the attempt, through force and rebuilding, to create a negotiating partner out of a traditional foe (Israel in Lebanon 1982 and with the Palestinians in the Oslo process; America in Iraq and Afghanistan).
So it is useful to ask: What’s playing Off Broadway now? What do you see? You see Israel, as in the “Eretz Nehederet” skit, literally trying to wall itself off from the multiplying threats around it and contending with all the ethical dilemmas that entails. And you see a wider region that is no longer divided along pro-U.S. and pro-Soviet lines, socialist or capitalist, secular or religious. You see instead a region increasingly divided between “the world of order” and “the world of disorder.”
What Israel, Jordan, Saudi Arabia, Kurdistan, Turkey, the Gulf states and even to a lesser degree the Palestinian Authority in the West Bank all have in common is that they are islands of order, where at least there is someone to answer the phone, it doesn’t come off the wall when they do and there is a minimum of human security.
That is less and less true today in Syria, Libya, Egypt, Yemen, Lebanon and Iraq, not to mention nearby Somalia, Eritrea and northern and southern Sudan.
Guess how many African migrants, mostly from South Sudan, Eritrea and Uganda, have entered Israel in recent years and are here illegally: 54,000! Stroll around the Central Bus Station in Tel Aviv, where many have found shelter, and you’ll see African men on cellphones on every street. They sailed, walked or drove to Israel’s borders and either slipped in on their own or were smuggled in by Bedouins across Egypt’s Sinai Desert. That’s why the latest fence Israel has built is along the Israel-Sinai frontier. The Sinai is so out of control that last week Islamist militants shot down an Egyptian military helicopter there with a surface-to-air missile believed to have been smuggled in from Libya after Muammar el-Qaddafi’s arsenals were broken into during his overthrow.
I chatted with a Christian Eritrean — “Mark,” age 26 — who opened a makeshift clothing and Internet shop near the bus station. Sitting under a Bob Marley poster, he told me that he had fled from Eritrea’s brutal government to Ethiopia, then to Sudan, then to Libya, tried to sail to Italy but got turned back and eventually walked to Israel. He’s now living here illegally with his father, he said, because Israel has the “most security.”
I wonder if the torrid pace of technological change, the rising education demands for running a successful economy, the superempowerment of individuals to organize as militants or come together against corrupt governments and environmental and population stresses aren’t putting unbearable pressure on fragile states — particularly multisectarian and multitribal ones — and literally blowing them apart. And there is no Soviet Union or America to hold them together as in the Cold War.
The PowerPoint maps that Israeli military briefers use for Sinai, Gaza, Lebanon and Syria today consist of multicolored circles, and inside each are clusters of different armed groups. Israel is like a Petri dish of the new world, with nonstate actors, armed with rockets, dressed as civilians and nested among civilians on four out of its five borders: Sinai, Gaza, Lebanon and Syria.

What is a dictator, or an authoritarian?


By Robert D. Kaplan
Líder carismáticoWhat is a dictator, or an authoritarian? I’ll bet you think you know. But perhaps you don’t. Sure, Adolf Hitler, Joseph Stalin, and Mao Zedong were dictators. So were Saddam Hussein and both Hafez and Bashar al Assad. But in many cases the situation is not that simple and stark. In many cases the reality — and the morality — of the situation is far more complex.
Deng Xiaoping was a dictator, right? After all, he was the Communist Party boss of China from 1978 to 1992. He was not elected. He ruled through fear. He approved the massacre of protesters at Tiananmen Square in Beijing in 1989. But he also led China in the direction of a market economy that raised the standard of living and the degree of personal freedoms for more people in a shorter period of time than perhaps ever before in recorded economic history. For that achievement, one could arguably rate Deng as one of the greatest men of the 20th century, on par with Winston Churchill and Franklin D. Roosevelt.
So is it fair to put Deng in the same category as Saddam Hussein, or even Hosni Mubarak, the leader of Egypt, whose sterile rule did little to prepare his people for a more open society? After all, none of the three men were ever elected. And they all ruled through fear. So why not put them all in the same category?
Or what about Lee Kuan Yew and Zine El Abidine Ben Ali? During the early phases of Lee’s rule in Singapore he certainly behaved in an authoritarian style, as did Ben Ali throughout his entire rule in Tunisia. So don’t they both deserve to be called authoritarians? Yet Lee raised the standard of living and quality of life in Singapore from the equivalent of some of the poorest African countries in the 1960s to that of the wealthiest countries in the West by the early 1990s. He also instituted meritocracy, good governance, and world-class urban planning. Lee’s two-volume memoir reads like the pages in Plutarch’s Lives of the Noble Grecians and Romans. Ben Ali, by contrast, was merely a security service thug who combined brutality and extreme levels of corruption, and whose rule was largely absent of reform. Like Mubarak, he offered stability but little else.
You get the point. Dividing the world in black and white terms between dictators and democrats completely misses the political and moral complexity of the situation on the ground in many dozens of countries. The twin categories of democrats and dictators are simply too broad for an adequate understanding of many places and their rulers — and thus for an adequate understanding of geopolitics. There is surely a virtue in blunt, simple thinking and pronouncements. Simplifying complex patterns allows people to see underlying critical truths they might otherwise have missed. But because reality is by its very nature complex, too much simplification leads to an unsophisticated view of the world. One of the strong suits of the best intellectuals and geopoliticians is their tendency to reward complex thinking and their attendant ability to draw fine distinctions.
Fine distinctions should be what geopolitics and political science are about. It means that we recognize a world in which, just as there are bad democrats, there are good dictators. World leaders in many cases should not be classified in black and white terms, but in many indeterminate shades, covering the spectrum from black to white.
More examples:
Nawaz Sharif and his rival, the late Benazir Bhutto, when they alternately ruled Pakistan in the 1990s were terrible administrators. They were both elected by voters, but each governed in a thoroughly corrupt, undisciplined and unwise manner that made their country less stable and laid the foundation for military rule. They were democrats, but illiberal ones.
The late King Hussein of Jordan and the late Park Chung Hee of South Korea were both dictators, but their dynamic, enlightened rules took unstable pieces of geography and provided them with development and consequent relative stability. They were dictators, but liberal ones.
Amid this political and moral complexity that spans disparate regions of the Earth, some patterns do emerge. On the whole, Asian dictators have performed better than Middle Eastern ones. Deng of China, Lee of Singapore, Park of South Korea, Mahathir bin Mohammad of Malaysia, Chiang Kai-Shek of Taiwan were all authoritarians to one degree or another. But their autocracies led to economic and technological development, to better governance, and to an improved quality of life. Most important, their rules, however imperfect, have overall better positioned their societies for democratic reforms later on. All of these men, including the Muslim Mahathir, were influenced, however indirectly and vaguely, by a body of values known as Confucianism: respect for hierarchy, elders, and, in general, ethical living in the here-and-now of this world.
Contrast that with Arab dictators such as Ben Ali of Tunisia, Mubarak of Egypt, Saddam of Iraq, and the al Assads of Syria. Ben Ali and Mubarak, it is true, were far less repressive than Saddam and the elder Assad. Moreover, Ben Ali and Mubarak did encourage some development of a middle class in their countries. But they were not ethical reformers by any means. Of course, Saddam and al Assad were altogether brutal. They ran states so suffocating in their levels of repression that they replicated prison yards. Rather than Confucianism, Saddam and al Assad were motivated by Baathism, a half-baked Arab socialism so viciously opposed to Western colonialism that it created a far worse tyranny of its own.
Beyond the Middle East and Asia there is the case of Russia. In the 1990s, Russia was ruled by Boris Yeltsin, a man lauded in the West for being a democrat. But his undisciplined rule led to sheer economic and social chaos. Vladimir Putin, on the other hand, is much closer to an authoritarian — and is increasingly so — and is consequently despised in the West. But, helped by energy prices, he has restored Russia to some measure of stability, and thus dramatically improved the quality of life of average Russians. And he has done this without resorting to the level of authoritarianism — with the mass disappearances and constellation of Siberian labor camps — of the czars and commissars of old.
Finally, there is the most morally vexing case of all: that of the late Chilean dictator Augusto Pinochet. In the 1970s and 1980s, Pinochet created more than a million new jobs, reduced the poverty rate from a third of the population to as low as a tenth, and the infant mortality rate from 78 per 1,000 to 18. Pinochet’s Chile was one of the few non-Asian countries in the world to experience double-digit Asian levels of economic growth at the time. Pinochet prepared his country well for eventual democracy, even as his economic policy became a model for the developing and post-Communist worlds. But Pinochet is also rightly the object of intense hatred among liberals and humanitarians the world over for perpetrating years of systematic torture against tens of thousands of victims. So where does he fall on the spectrum from black to white?
Not only is the world of international affairs one of many indeterminate shades, but it is also one in which, sometimes, it is impossible to know just where to locate someone on that spectrum. The question of whether ends justify means should not only be answered by metaphysical doctrine, but also by empirical observation — sometimes ends do justify means, sometimes they don’t. Sometimes the means are unconnected to the ends, and are therefore to be condemned, as is the case with Chile. Such is the intricacy of the political and moral universe. Complexity and fine distinctions are things to be embraced; otherwise geopolitics, political science, and related disciplines distort rather than illuminate.

Chile: en A. Latina, el mayor nivel educativo entre jóvenes de 21 a 30 años. Los de menores recursos llegan más lejos en el sistema educativo


educación chile1A pesar de las masivas protestas del movimiento estudiantil, es donde más lejos llegan los pobres. Argentina está segundo, pero es el que menos avanzó en los últimos diez años.

Las imágenes de los estudiantes chilenos enfrentándose con la Policía en reclamo de una educación pública y gratuita se volvieron muy recurrentes en los últimos años. También las historias de familias que comprometen su situación endeudándose para pagar la universidad de sus hijos.
Esto hacía suponer que Chile tenía un sistema educativo sumamente desigual, en el que los ricos accedían masivamente a una educación de calidad, mientras que los pobres debían dejar rápidamente truncas sus ilusiones de superación personal.
Sin embargo, las estadísticas muestran un panorama muy diferente. Chile es el país de América Latina con mayores niveles de equidad educativa, según SEDLAC (Socio-Economin Database for Latin America and the Caribbean), que depende del Banco Mundial y de la Universidad de La Plata, y que se basa en los datos oficiales de 18 países de la región.

El coeficiente de Gini mide de 0 a 1 el grado de desigualdad en la distribución de determinados valores. Aplicado a la cantidad de años de estudio alcanzado por los jóvenes de distintos sectores de la sociedad, Chile es el que mejor se ubica en América Latina, con 0,12 (ver gráfico 1). Lo siguen Argentina, con un Gini de 0,14; Uruguay con 0,19 y Perú, Panamá y Venezuela con 0,2.
En el extremo opuesto se ubican los países centroamericanos, que, con la excepción de Panamá, tienen índices que van de 0,23 a 0,39. Son República Dominicana, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala.
Chile es también el país con mayor nivel educativo entre sus jóvenes de 21 a 30 años (ver gráfico 2): su población estudia una media de 12,5 años. Además, es el país en el que aquellos de menores recursos llegan más lejos en el sistema educativo, ya que en el primer quintil de ingresos (el 20% que menos gana) promedian 11 años de estudio.

Educación 1

Argentina queda también en segundo lugar en ambos rubros. Con 12 años de estudio promedio en todas las personas de 21 a 30 años, y 10,3 entre las pertenecientes al primer quintil de ingresos.
Entre los más pobres la siguen Venezuela con 9,3, y Bolivia y Ecuador con 8,9. Nuevamente, los de peor rendimiento son los centroamericanos: Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala, donde el primer quintil promedia menos de 4 años de estudios.
“El sistema de educación superior chileno abarca al 40% de los jóvenes de 18 a 24 años. Es una cobertura bastante alta para la región. Según los quintiles de ingreso, es del 18% para el primero, 22% para el segundo y 26% para el tercero”, explica Sebastián Donoso, doctor en Educación e investigador de la Universidad de Talca, en diálogo con Infobae.
Pero para hacer un análisis más completo del estado de la desigualdad educativa en la región no alcanza con ver la foto de la actualidad. Es necesario analizar el proceso, cómo fue la evolución en los últimos años.

El país que más avanzó entre 2001 y 2011 (último año del que hay datos oficiales en la mayoría de los casos) fue Bolivia, ya que, en ese lapso, el tiempo de estudio promedio entre los jóvenes aumentó 3 años. Los que le siguen en mejoramiento de la media de estudio son Brasil, donde se incrementó 2,4 años, y Perú, República Dominicana y Venezuela, que crecieron 2,2 años.
Es lógico que en un contexto mundial de expansión de la matrícula secundaria y universitaria, el aumento más pronunciado se manifieste en los países que tenían excluida del sistema educativo a amplios sectores de la población, y que en aquellos países más avanzados, el crecimiento se desacelere.
Pero mientras que Chile, que ya era el de mejor rendimiento hace una década, siguió avanzando y consiguió que lo jóvenes de menores ingresos alcanzaran 1,2 años más de estudio (ver gráfico 3), Argentina quedó completamente estancada. En el primer quintil el incremento fue de apenas 0,3 años, y en la totalidad de los jóvenes fue de 0,2.
Es decir que la situación de privilegio en la que aún se encuentra Argentina se explica más por su historia, por haber sido pionera en la escolarización de su población, que por su presente. Si la tendencia persiste en los próximos años, no sería extraño que países como Bolivia, Venezuela y Perú terminen superándola.
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Claves para entender la desigualdad educativa:
Más allá de los casos exitosos, y de los avances producidos en los últimos años, basta ver los gráficos para notar que la desigualdad sigue siendo un serio problema en la región.
Chile está lejos de haber solucionado sus problemas educativos. Por ejemplo, en lo que respecta a los altos niveles de deserción que afectan a los sectores de menores ingresos, que si bien llegan a la universidad en una mayor proporción, tienen serias dificultades para graduarse.
“Las tasas regulares de fracaso en la educación superior (estudiantes que ingresan y no siguen estudiando después de 2 años y medio) son del orden del 30%. Al menos la mitad de ellos pertenece a los primeros quintiles”, cuenta Donoso.
Una de las principales causas de este fracaso se relaciona con la escasez de recursos económicos de los alumnos de los primeros quintiles. “Hay muchos estudiantes que se ven obligados a trabajar y a estudiar -dice Donoso-. Además suelen vivir más lejos y tienen que viajar más tiempo, y el valor de la educación superior en Chile es muy alto, por más que haya sistemas crediticios. Las familias se endeudan y no les alcanzan los recursos”.
Si bien las desigualdades económicas parecen las más determinantes, muchos estudios demuestran que las desigualdades en el reparto de recursos educativos suelen ser aún más importantes.
¿De dónde salen esos recursos? De las familias. Aquellos estudiantes con padres que pasaron por la universidad ya manejan sus códigos lingüísticos y de comportamiento antes de ingresar, además de tener en casa en quien apoyarse para saber cómo encarar ese mundo. En cambio, los alumnos de primera generación están completamente solos, frente a un contexto que les resulta desconocido.
“La reprobación, el lento ritmo de avance y finalmente la deserción ocurren en gran medida por dificultades académicas. Aquí la cuestión es la brecha entre el capital cultural esperado por las instituciones y el real de buena parte del alumnado”, dice a Infobae la psicóloga Ana María Ezcurra, doctora en Estudios Latinoamericanos, Ciencias Políticas y Sociales, y Directora General del Instituto de Estudios y Acción Social.
La brecha se produce porque las instituciones académicas presumen que los estudiantes poseen los conocimientos prácticos y teóricos necesarios para aprender disciplinas complejas. Pero nadie nace con ese capital cultural*, sino que se adquiere en los primeros años de vida si uno crece en un contexto familiar con experiencia en instituciones educativas. Los que no crecen en ese marco, que son la mayoría, ingresan a la universidad sin los conocimientos que ésta da por sabidos.
Por eso no es extraño que las instituciones educativas sean incapaces de revertir esas desigualdades. En América Latina, sólo el 3,1% de los jóvenes con padres que no terminaron la escuela primaria llega a concluir el ciclo superior, según el Panorama Social 2007 de la Cepal. En cambio, el 71,6% de quienes concluyen el ciclo superior tienen padres que también lo terminaron.

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Cómo combatir la desigualdad en la distribución de capital cultural:
“Lo más efectivo que hicimos fue implementar programas propedéuticos de asistencia a estudiantes, con sistemas de apoyo en habilidades cognitivas y tutores con los cuales conversar y tener un vínculo más directo. Fueron exitosos para aquellos que no tienen la práctica social ni manejan los códigos de la educación superior”, cuenta Donoso.
Pero no alcanza con estrategias que estén focalizadas en los alumnos con dificultades, ya que el problema es de la institución, que niega sus necesidades.
“Tiene que haber una reforma educativa que mire al conjunto. Hay que dar al primer año una prioridad real, a por medio de una asignación sustancial de recursos humanos y financieros”, dice Ezcurra.
“Se pueden establecer seminarios de primer año que apunten al desarrollo del capital cultural en el punto de partida, pero vinculados al resto de la currícula. Hay que disminuir la fragmentación mediante la creación de comunidades de aprendizaje”, agrega. Pero mientras que las instituciones educativas y el Estado no reconozcan el problema ni asuman lo profundas que son las desigualdades educativas y culturales existentes en la sociedad, difícilmente puedan resolverlo.

Fuente: Infobae, Darío Mizrahi

Gibraltar es más cercano a los británicos que las Malvinas: el patriotismo británico, material inflamable


HMS Dauntless 2012aAunque estos días no lo parece, Gibraltar es un asunto que preocupa muy poco a la opinión pública británica. La gran mayoría cree que las 30.000 personas que ostentan la nacionalidad gibraltareña viven gracias a la caridad británica y que el valor estratégico que tenía el Peñón en el pasado ha perdido su vigencia en el siglo XXI. ¿Significa eso que no les importaría que el Gobierno de Su Majestad renunciara a ese minúsculo territorio y se lo devolviera a España? Bueno, eso no está tan claro. El patriotismo es una de las características fundamentales del británico y una cosa es pasar de Gibraltar y otra muy distinta entregarlo a un país tercero.

El patriotismo se inflama con gran facilidad cuando hay algo que hace prender ese volátil combustible. En este caso, la mecha son los exhaustivos controles que España imponer en la verja y que Downing Street considera políticos y desproporcionados. Ante lo que Londres ve como represalia de un país extranjero contra ciudadanos protegidos por la corona, el patriotismo se hincha con pasmosa facilidad.

El ejemplo más claro de patriotismo súbito es el de las islas Malvinas. Los británicos llegaron a plantearse en los años 70 ceder a Argentina la soberanía sobre el territorio, pero cuando el general Galtieri invadió el archipiélago en 1982, las Malvinas se convirtieron en una cuestión de orgullo nacional y el país cerró filas en torno a Margaret Thatcher para recuperar a sangre y fuego aquel remoto territorio casi deshabitado: una media de 0,26 habitantes por kilómetro cuadrado.

Gibraltar es más cercano a los británicos que las Malvinas, unas islas que casi nadie sabía donde estaban la noche anterior al desembargo argentino. Pero también el Gobierno estuvo a punto de cederlo, en parte, a España durante las negociaciones de 2002 para compartir la soberanía. En aquella ocasión no se trataba de una agresión extranjera, sino de unas negociaciones. En esos casos el patriotismo no se inflama solo. Alguien ha de hacer saltar chispas para que prenda el fuego. Y en esa tarea, los gibraltareños son maestros: el poderoso lobby gibraltareño en Londres se puso manos a la obra de forma inmediata para frenar la operación.

Ese lobby tiene nombre y apellido: su alma máter es Albert Poggio. Nacido en el campo de refugiados gibraltareños en Ballymena (Irlanda del Norte) en 1945, criado en el Peñón y desde los 11 años en Londres, Poggio pasó la infancia en Gibraltar pero conoce Londres como la palma de sus manos desde los 11 años y se pasea por el palacio de Westminster con más soltura que muchos lores y diputados.

El lobby gibraltareño tiene una gran presencia pública, pero nada es tan efectivo como la persuasión británica y el gracejo andaluz del llanito Poggio, que sabe siempre qué tecla mediática, parlamentaria o ministerial conviene tocar en cada momento. Quizás su momento cumbre fue precisamente en 2002, cuando la campaña política, mediática y publicitaria que puso en marcha acabó facilitando el fracaso de las negociaciones sobre cosoberanía de los Gobiernos de José María Aznar y Tony Blair. No faltaron viajes de parlamentarios al Peñón a gastos pagados ni una llamativa campaña publicitaria con docenas de taxis londinenses proclamando el carácter británico de Gibraltar. Esta crisis, sin embargo, es algo distinta a otras anteriores por el protagonismo que está teniendo el primer ministro, David Cameron. Normalmente, el primer ministro no suele mancharse demasiado las manos en defensa del Peñón, una tarea que suele encomendar al jefe del Foreign Office. Pero Cameron está estos días en primera fila de la batalla de la propaganda con España. Quizás eso se deba al sesgo más patriótico y nacionalista que está tomando la política británica en los últimos dos años, al calor del debate sobre la Unión Europea y de la irrupción del antieuropeo Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP) en el escenario electoral.

Quizás se deba también a la hiperactividad mediática que está mostrando el primer ministro este verano. Con los conservadores en auge en los sondeos en las últimas semanas y la economía recuperándose, David Cameron no pierde oportunidad para opinar de lo que haga falta. Desde los ciclistas en Londres al cuidado de gatos y perros, la polémica técnica del fracking para extraer gas, la campaña de Stephen Fry en defensa de los homosexuales en Rusia, la responsabilidad de las redes sociales frente a los abusos, el Ramadán, la economía, el primer hijo de los duques de Cambridge, la protección de los niños frente a la pornografía en Internet, la economía, el críquet… y, como no, Gibraltar.

Fuente: El País. Walter OPPENHEIMER

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